Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La mañana señalada para el viaje Tess se despertó antes de que fuera de dÃa, en ese instante marginal de la sombra cuando aún calla la arboleda, excepto el ave profética que canta con voz clara su convicción de que al menos sabe la hora exacta del dÃa, mientras las demás persisten en su silencio, cual si estuvieran igualmente convencidas de que la otra se equivoca. La joven se quedó en el piso alto arreglándose hasta la hora del desayuno en que bajó vestida como de ordinario, pues sus galas de los domingos las habÃa metido muy dobladas en su baúl.
—¿Pero, hija, por qué no te has puesto otro traje mejor, ya que vas a ir a ver a tus parientes? —le preguntó asombrada su madre.
—¡Pero, madre, si allà voy a trabajar!
—Dices bien, después de todo… —declaró su madre, y añadió en tono confidencial—: A lo primero quizá hubiera parecido algo presuntuoso… Aunque creo, a pesar de todo, que deberÃas ponerte lo mejor que tienes.
—Bueno, cuando usted lo dice tendrá razón —replicó Tess con tranquilo abandono.
Y para complacer a su madre se puso Tess en manos de Joan, diciéndole sencillamente:
—¡Madre, haga usted lo que quiera conmigo!
