La letra escarlata
La letra escarlata TERMINADO el perÃodo de encarcelamiento á que fué condenada Ester, se abrieron las puertas de la prisión y salió á la luz del sol que, brillando lo mismo para todos, le parecÃa sin embargo á su mórbida imaginación que habÃa sido creado con el único objeto de revelar la letra escarlata que llevaba en el seno de su vestido. Quizá padeció moralmente más cuando, habiendo cruzado los umbrales de la cárcel, empezó á moverse libre y sola, que no en medio de la muchedumbre y espectáculo que quedan descritos, donde se hizo pública su vergüenza y donde todos la señalaron con el dedo. En aquel entonces se encontraba sostenida por una tensión sobrenatural de los nervios y toda la energÃa batalladora de su carácter, que la ayudaban á convertir aquella escena en una especie de lóbrego triunfo. Fué, además, un acontecimiento aislado y singular que solo ocurrirÃa una vez durante su vida; y para arrostrarlo tuvo que gastar toda la fuerza vital que habrÃa bastado para muchos años de tranquilidad y calma. La misma ley que la condenaba, la habÃa sostenido durante la terrible prueba de su ignominia. Pero ahora, fuera ya de la prisión, sola y sin compañÃa en el sendero de la vida, empezaba para ella una nueva existencia, y tenÃa que sostenerse y proseguir adelante con los recursos que le proporcionara su propia naturaleza, ó de lo contrario, sucumbir. No podÃa contar con lo porvenir para sobrellevar su dolor presente. El dÃa de mañana aportarÃa su ración de pesadumbre, y lo mismo el siguiente y los sucesivos: cada uno traerÃa su propio pesar que, en esencia, era sin embargo el mismo que ahora le parecÃa tan inmensamente doloroso. Los años por venir se sucederÃan unos á otros, y ella tendrÃa que continuar sobrellevando la misma carga, sin poder jamás arrojarla; pues la sucesión de dÃas y de años no harÃa más que acumular miseria sobre ignominia. Durante todo ese tiempo, despojándose Ester de su propia individualidad, se convertirÃa en el ejemplo vivo de que podrÃan servirse el moralista y el predicador para encarecer sus imágenes de fragilidad femenina y de pasión pecaminosa. Le dirÃa á la joven y á la pura, que contemplasen la letra escarlata que brillaba en su seno,—que se fijasen en esa mujer, la hija de padres honrados,—la madre de una criaturita que más adelante serÃa también una mujer,—que recordasen que en un tiempo habÃa sido inocente—y que vieran ahora en ella la imagen, la encarnación, la realidad del pecado; y sobre su tumba, la infamia que la habÃa acompañado en vida, serÃa también su único monumento.
