La letra escarlata
La letra escarlata COMO el lector recordará, el nombre de Rogerio Chillingworth ocultaba otro nombre, cuyo antiguo poseedor había resuelto que no se mencionara jamás. Ya se ha referido que en medio de la muchedumbre que presenciaba el castigo ignominioso de Ester, un individuo de edad provecta, recién llegado de las tierras ocupadas por los indios, contempló de repente, expuesta á los ojos del público, como si fuera una imagen viviente del pecado, á la mujer en quien había esperado hallar encarnados la alegría y el calor del hogar. La honra de su esposa la veía pisoteada por todos los circunstantes. Su infamia palpitaba allí, en la plaza pública. Si la noticia llegaba alguna vez á oídos de los parientes y de las compañeras de infancia de aquella mujer, ¿qué otra cosa les quedaría sino el contagio de su deshonra, tanto mayor cuanto más íntimas y sagradas hubieran sido sus relaciones de parentesco? Y en cuanto á él, cuyos lazos de unión con la mujer delincuente habían sido los más estrechos y sagrados que puedan darse, ¿por qué presentarse á reclamar una herencia tan poco apetecible? Resolvió, por lo tanto, no dejarse exponer en la picota de la infamia al lado de la que en un tiempo fué su esposa. Desconocido para todo el mundo, excepto para Ester, y poseyendo los medios de que ésta guardara silencio, escogió borrar su nombre de la lista de los vivos, considerar completamente disueltos sus antiguos lazos é intereses, y, en una palabra, darse por segregado del mundo como si en realidad yaciera en el fondo del océano, donde el rumor público hace mucho tiempo lo había consignado. Una vez realizado este plan, surgirían inmediatamente nuevos intereses y á la vez un nuevo objeto á que consagrar su energía, tenebrosa, es verdad, y acaso criminal, pero de incentivo bastante absorbente para que dedicara á su realización toda la fuerza de sus facultades.
