La letra escarlata
La letra escarlata —La mayor parte lo hacen,—dijo Dimmesdale llevándose la mano al pecho como si fuera presa de repentino dolor. Más de una infeliz alma ha depositado en mà su secreto, no solo en el lecho de muerte, sino en la plenitud de la existencia y del goce de una buena reputación. Y siempre, después de una confesión semejante, ¡oh! ¡qué aspecto de interna tranquilidad he visto reflejarse en el rostro de esos hermanos que habÃan errado en la senda del deber! Y ¿cómo podrÃa ser de otro modo? ¿Por qué habrÃa de preferir un hombre culpable, por ejemplo, de asesinato, conservar el cadáver enterrado en su propio corazón, más bien que arrojarlo lejos de sà de una vez y por siempre, para que el mundo lo tome por su cuenta?
—Sin embargo, algunos hombres entierran sus secretos de esta manera,—observó el tranquilo médico.