La letra escarlata
La letra escarlata —Estos hombres se engañan á sà propios,—dijo el médico con alguna más vehemencia de la que le era natural, y haciendo un signo ligero con el dedo Ãndice,—temen echarse sobre sà la ignominia que de derecho les pertenece. Su amor á los hombres, su celo en el servicio de Dios, todos estos santos impulsos, pueden ó no existir en sus corazones á la par de las iniquidades á que sus faltas han dado cabida, y que necesariamente engendrarán en ellos productos infernales. Pero no eleven al cielo sus manos impuras si trataren de glorificar á Dios. Si quieren servir á sus semejantes, háganlo dejando ver de un modo patente el poder y realidad de la conciencia, humillándose voluntariamente y haciendo penitencia. ¿Querrás hacerme creer, ¡oh sabio y piadoso amigo! que un falso exterior puede hacer más por la gloria de Dios ó el bienestar de los hombres, que la pura y simple verdad? Créeme, esos hombres se engañan á sà mismos.
—Tal vez sea asÃ,—dijo el joven ministro con aire indiferente, como esquivando una discusión que consideraba poco del caso ó no muy razonable; pues poseÃa en alto grado la facultad de desentenderse de un tema que agitara su temperamento demasiado nervioso y sensible. Tal vez sea asÃ, continuó, pero ahora quiero preguntar á mi hábil médico si cree en realidad que me ha sido de provecho el bondadoso cuidado que viene teniendo de esta mi débil máquina humana.