La letra escarlata

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—En la naturaleza de esa niña,—dijo tanto para sí como dirigiéndose á su compañero,—no hay ni ley, ni reverencia por la autoridad, ni consideración á las opiniones y costumbres de los demás, sean buenas ó malas. Días pasados la ví rociar con agua al Gobernador mismo en el bebedero para el ganado. ¿Qué es esta niña, en fin, en nombre del cielo? ¿Es un trasgo completamente perverso? ¿Tiene afectos de alguna clase? ¿Tiene algún principio patente?

—Ninguno, excepto la libertad que proviene del quebrantamiento de una ley,—respondió el Sr. Dimmesdale con reposado acento, como si hubiera estado discutiendo este asunto consigo mismo. Si es capaz de algo bueno, no lo sé.

Probablemente la niña oyó la voz de estos hombres, porque alzando con inteligente y maliciosa sonrisa los ojos hacia la ventana, arrojó uno de los capullos espinosos al Reverendo Sr. Dimmesdale, quien con nerviosa mano y cierto temor trató de esquivar el proyectil. Perla, notando su inquietud, palmoteó con la alegría más extravagante. Ester también había alzado los ojos involuntariamente; y todas estas cuatro personas, viejos y jóvenes, se miraron unos á otros en silencio, basta que la niña prorrumpió en una carcajada, y gritó:


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