Fenomenología del Espíritu

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Ahora bien, aunque para esta autoconciencia la esencia no sea ni otro distinto de ella ni la abstracción pura del yo, sino el yo que tiene al ser-otro en él —pero como diferencia pensada, de tal manera que, en su ser otro, ha retornado inmediatamente dentro de sí— aun así, al mismo tiempo, esta esencia suya sólo es una esencia abstracta. La libertad de la autoconciencia es indiferente frente a la existencia natural, por lo que ha dejado igualmente libre a ésta, y la reflexión es una reflexión doble. La libertad en el pensamiento no tiene por verdad suya más que al pensamiento puro, una verdad que no se ha llenado de vida; también es, entonces, solamente el concepto de la libertad, no la libertad viva misma; pues, para ella, la esencia, de primeras, es sólo el pensar sin más, la forma como tal que, alejada de la autonomía de las cosas, ha retornado dentro de sí. Pero, en tanto que la individualidad, en cuanto que es agente, debería presentarse viva, o, en cuanto que es pensante, debería captar el mundo vivo como un sistema de pensamiento, en el pensamiento mismo tendría que residir para cada expansión un contenido de lo que es bueno para ésta, de lo que es verdadero; ello, con el fin de que en aquello que es para la conciencia no haya absolutamente ningún otro ingrediente distinto del concepto, que es la esencia. Sólo que el concepto, igual que, en cuanto abstracción, se separa aquí de la multiplicidad de las cosas, tampoco tiene ningún contenido en él mismo, sino un contenido dado. No cabe duda de que, al pensarlo, la conciencia aniquila el contenido en cuanto ser extraño; pero el concepto es concepto determinado, y esta determinidad del concepto es lo extraño que éste tiene en él. Por eso, el estoicismo se quedaba perplejo cuando se le preguntaba, como dice la expresión, por el criterio de verdad en general, es decir, por un contenido de pensamiento mismo propiamente dicho. A la pregunta que se le hacía de lo que es bueno y verdadero, volvía a dar por respuesta el pensar carente de contenido; lo verdadero y lo bueno debían consistir en la racionalidad, en la adecuación a la razón. Pero esta seipseigualdad del pensar vuelve a ser tan sólo la forma pura, en la cual no se determina nada; de ahí que las palabras universales de lo verdadero y lo bueno, de la sabiduría y la virtud, en las que él quería detenerse, produjeran, en términos generales, cierta elevación; pero como, de hecho, no podían de ningún modo expandir el contenido, muy pronto empezaron a resultar aburridas.


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