Fenomenología del Espíritu

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Por esta razón, entonces, también la conciencia inmutable guarda dentro de su configuración misma el carácter y el fundamento del ser-escindido y del ser-para-sí frente a la conciencia singular. Así, para ésta, el que lo inmutable adquiera la figura de la singularidad es algo que acontece, sin más; igual que el que ella tan sólo se encuentre también contrapuesta a ello, y que tenga, entonces, esta relación por medio de la naturaleza; finalmente, el que la conciencia se encuentre en lo inmutable se le aparece a ella, en parte, como algo producido por ella misma, o que tiene lugar porque ella misma es singular; pero una parte de esta unidad se le aparece como perteneciente a lo inmutable, tanto según su génesis como en la medida en que ella es; y la oposición permanece dentro de esta unidad misma. De hecho, en virtud de la configuración de lo inmutable, el momento del más allá no sólo ha permanecido, sino que incluso se ha consolidado; pues si la conciencia, por un lado, parece haber sido llevada más cerca de ese momento por la figura de la efectiva realidad singular, a partir de ahora, por otro lado, tal momento está frente a ella en el modo de un Uno sensible y opaco, con toda la fragilidad de lo efectivamente real; la esperanza de llegar a ser una con él tiene que seguir siendo esperanza, es decir, quedar sin cumplimiento y sin presencia, pues entre ella y su cumplimiento se yergue justamente la contingencia absoluta o la indiferencia inmóvil que reside en la configuración misma, en lo que funda la esperanza. Por la naturaleza de lo uno que es, por la realidad efectiva de que se ha revestido, acontece necesariamente que haya desaparecido en el tiempo, y en el espacio, y que haya sido lejos, y que siga estando, simple y llanamente, lejos.


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