Fenomenología del Espíritu
Fenomenología del Espíritu Sin embargo, esta comunidad no está todavía acabada y completa en esta autoconciencia suya; su contenido en general está para ella en forma de representar, y esta escisión también la tiene aún en ella la espiritualidad efectiva de la comunidad, su retorno a partir de su representar, igual que el elemento del pensar puro también arrastraba él mismo esa escisión. La comunidad no tiene tampoco conciencia de lo que ella es; ella es la autoconciencia espiritual que no se es a sí como este objeto, o que no se abre y desvela como conciencia de sí misma; sino que, en la medida en que es conciencia, tiene representaciones que ya hemos examinado.—Vemos a la conciencia hacerse interior en su último giro, y llegar al saber del ser-dentro-de-sí; la vemos despojarse de su existencia natural y ganar la negatividad pura. Pero el significado positivo —a saber, que esta negatividad o pura interioridad del saber es, en la misma medida, la esencia igual a sí misma, o que la sustancia consigue aquí llegar a ser autoconciencia absoluta— es otro y distinto para la conciencia devota. Ella atrapa este lado de que el puro hacerse-interior del saber es en sí la simplicidad absoluta, o la sustancia, y lo atrapa como la representación de algo que no es así conforme al concepto, sino como la acción de una satisfacción extraña. O bien, no es para ella que esta profundidad del sí-mismo puro sea la violencia por la que la esencia abstracta se ve extraída de su abstracción y elevada al sí-mismo por el poder de esta devoción pura.—La actividad del sí-mismo retiene este significado negativo frente a ella, porque el despojamiento y exteriorización de la sustancia, por su parte, es para tal conciencia un en-sí que ella, igualmente, no capta ni concibe, o no lo encuentra en su actividad como tal.—En tanto que esta unidad de la esencia y del sí-mismo se ha producido en sí, la conciencia sigue teniendo esta representación de su reconciliación, pero como representación. Obtiene satisfacción al añadir exteriormente a su negatividad pura el significado positivo de la unidad de sí con la esencia; su satisfacción misma, entonces, sigue arrastrando la oposición de un más allá. Por eso, su propia reconciliación hace entrada como algo lejano en su conciencia, como algo lejano del futuro, como la reconciliación que el otro sí-mismo llevó a cabo, que aparece como una lejanía del pasado. Del mismo modo que el hombre divino singular tiene un padre que-es-en-sí, y sólo una madre efectiva, también el hombre divino universal, la comunidad, tiene a su padre en su propia actividad y saber, y a su madre, en cambio, en el amor eterno que ella sólo siente, pero que no contempla en su conciencia como objeto efectivo e inmediato. De ahí que su reconciliación lo sea en su corazón, pero esté todavía escindida con su conciencia, y esté en ruptura con su realidad efectiva. Lo que accede a su conciencia como lo en-sí o lado de la mediación pura es la reconciliación que reside más allá; pero lo que accede a ella como presente, como lado de la inmediatez y de la existencia, del estar ahí, es el mundo, que ha de esperar aún su transfiguración. Desde luego, el mundo, en sí, está reconciliado con la esencia; y de la esencia se sabe, desde luego, que conoce el objeto, ya no como extrañado de sí, sino como igual a sí en su amor. Pero, para la autoconciencia, este presente inmediato no tiene todavía figura de espíritu. El espíritu de la comunidad está, así, en su conciencia inmediata, separado de su conciencia religiosa, la cual, ciertamente, enuncia que, en-sí, ambas conciencias no están separadas, pero es un en-sí que no ha sido realizado, o que todavía no ha llegado a ser, en la misma medida, ser-para-sí absoluto.