Fenomenología del Espíritu

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Con la autoconciencia, entonces, hemos puesto pie en el reino natal de la verdad. Se ha de ver cómo entra al principio en escena la figura de la autoconciencia. Si consideramos esta nueva figura del saber, el saber de sí mismo, en relación con lo precedente, el saber de otro, vemos que este último, ciertamente, ha desaparecido, pero que, a la vez, en la misma medida, sus momentos se han preservado; y la pérdida consiste en que tales momentos están aquí presentes tal como son en sí. El ser del querer decir íntimamente, la singularidad, y la universalidad de la percepción, contrapuesta a aquél, así como lo interior vacío del entendimiento, no son ya como esencias, sino como momentos de la autoconciencia, es decir, como abstracciones o diferencias que, a la vez, son nulas para la conciencia misma, o sea, no son ninguna diferencia, sino esencias puramente evanescentes. Parece, entonces, que sólo se ha perdido el momento principal mismo, a saber, el subsistir simple que se sostiene por sí mismo, autónomo para la conciencia. Pero, de hecho, la autoconciencia es la reflexión que parte del ser del mundo sensible y percibido, ella es, esencialmente, el retorno desde el ser-otro. Es movimiento en cuanto que es autoconciencia; pero, en tanto que ella, de sí, sólo a sí misma en cuanto sí misma, la diferencia, a sus ojos, queda inmediatamente cancelada en cuanto un ser-otro; la diferencia no es, y ella, la autoconciencia, no es más que la tautología sin movimiento del «yo soy yo»; en tanto que, a sus ojos, la diferencia no tiene tampoco la figura del ser, ella no es autoconciencia. Con lo que, para ella, hay el ser-otro en cuanto un ser, o en cuanto momento diferenciado; pero también hay para ella la unidad de ella misma con esta diferencia, en cuanto segundo momento diferenciado. Con el primer momento, la autoconciencia queda conservada como conciencia, y se conserva para ella toda la extensión del mundo sensible; pero, a la vez, sólo en cuanto está referida a su segundo momento, la unidad de la autoconciencia consigo misma; con lo que esta unidad es para la autoconciencia un subsistir que, sin embargo, sólo es fenómeno, aparición, o diferencia que no tiene ser en sí. Mas esta oposición entre su aparición y su verdad no tiene más esencia suya que esta verdad, a saber: la unidad de la autoconciencia consigo misma; esta unidad tiene que llegar a serle esencial a ella; es decir, la autoconciencia es deseo sin más. A partir de ahora, la conciencia tiene, en cuanto autoconciencia, un objeto doble: uno, el inmediato, el objeto de la certeza sensorial y del percibir, el cual, sin embargo, está marcado para ella con el carácter de lo negativo, y el segundo, a saber, sí misma, que es la esencia verdadera y, de primeras, sólo está presente, por ahora, en la oposición del primer objeto. La autoconciencia se expone aquí como el movimiento en el que esta oposición quede cancelada y asumida, convirtiéndosele en la igualdad de sí misma consigo misma.


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