El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida En esa época empezamos a exagerar la emoción que sentíamos. Los hinchas, que hasta entonces caricaturizábamos pequeñas guerras ficticias, olvidamos que actuábamos en chiste. Empezamos a llamarle «pasión» a nuestra simpatía por un club.
Y los cantos se volvieron literales.
«Corrieron para acá
corrieron para allá
a todos esos putos
los vamos a matar».
A muchas empresas esto les pareció muy rentable y reforzaron la idea de «pasión». La pasión del encuentro. Todos unidos por una pasión. El juguete se había vuelto tan importante como la vida. Era, incluso, un resumen de la vida.
Entonces, una tarde, dejamos de alentar a los jugadores y empezamos a ser hinchas de nuestra propia pasión.
«Pasan los años
pasan los jugadores
la hinchada está presente
no para de alentar».