El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Para mí no hay punto de comparación entre un infarto y un divorcio. Pero, ¿esto que siente mi madre es puramente generacional? Sospechar que en una separación solamente puede caber la tristeza, o que es un dolor equiparable a una enfermedad mortal, ¿es algo que sienten las señoras de casi setenta años, dos veces viudas, católicas, sudamericanas y educadas en la perdurabilidad del amor, o es un prejuicio extendido?
Lo que hice unas semanas más tarde, cuando los médicos me permitieron volver a escribir, fue testear esta pregunta entre un grupo más variopinto. Escribí un relato sobre los detalles de mi infarto en donde, de un modo lateral, sin explicar mucho y haciéndome el desentendido, dejaba entrever también que me había divorciado. Y un martes cualquiera publiqué el texto en mi blog, donde suelen ir a entretenerse lectores de edades y geografías diversas que conocen bastante bien mi vida privada. Les quise contar a ellos el asunto del mismo modo que se enteró Chichita, es decir de sopetón, para espiar sus reacciones en los comentarios.
Lo que hice fue simple: envolví la noticia de la separación entre otras novedades de la trama, como si fuese un elemento sin importancia de la banda sonora: