El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Yo miraba la secuencia una y otra vez, desde los distintos ángulos de las seis cámaras, y no podía creer el virtuosismo de la idea. «Qué genio es el hijo de puta», decía yo, balanceando la cabeza desde Chile a Puerto Madryn. «Iba a ser su gol número trescientos en liga, y mirá lo que hace el hijo de puta». Entonces enfoqué el gesto de Mike a mis espaldas, para comprobar su asombro, o quizás para decirle con los ojos que en nuestro deporte también ocurren ciertas maravillas, y él sin embargo veía la escena del penal con desconcierto. En realidad no entendía lo que había pasado entre Messi y Suárez. Sus ojos norteamericanos solo veían a un jugador patear despacio hacia adelante, y a otro llegar sin marcas, sin impedimentos, y pegarle fuerte sin oposición de nadie. No había grandes acrobacias en la jugada, ni riesgos comprobables para el físico de los delanteros, ni malabarismo alguno en aquella acción. Mike contemplaba mi asombro como los yanquis suelen mirar El Chavo del Ocho: con un poco de lástima y otro poco de vergüenza ajena.
«My no comprendo soccer», me dijo después, poniendo los labios en posición de banana invertida. «¿Por qué genio el gol del hijo de puta?» Y yo no supe con qué palabras contestar esa pregunta.