El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Después de un silencio que no resultó incómodo (porque en la Patagonia los silencios son necesarios) Honey le preguntó a Julieta, en una media lengua graciosa, por qué no cortábamos la carne más fina, como en lonchas, y por qué no la poníamos directamente al fuego en lugar de asarla en las brasas, de tal modo que su cocción tardase diez minutos en lugar de tres horas.
Julieta y yo nos miramos y supimos que la respuesta era idéntica en los casos. La pregunta de Mike («¿Por qué genio el gol del hijo de puta?») y la pregunta de Honey («¿Por qué no cortas pequeño roastbeef y lo pones en fuego?») eran en realidad la misma pregunta. Casi todas las preguntas del mundo son la misma.
«¿Les decimos por qué?», me preguntó Julieta.
Yo levanté la cabeza para ver las estrellas infinitas del cielo austral y me acordé de un chiste viejo.
«No, dejá», le contesté. «Que se jodan».