El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Desde esa edad y hasta los diecinueve leí la obra completa de Cortázar (cuento, ensayo, poemario, novela, miscelánea) con la misma voracidad que un chico de hoy mira «Breaking Bad» o se masturba. No podía parar. En un momento dejó de ser un escritor para mí, Cortázar, y se convirtió en un amigo viejo que me daba consejos al oído: no te preocupes por nada —me decía—, la vida va a seguir siendo un juego cuando tengas treinta, y cincuenta, y setenta. Cristina Roggero también fue mi amiga en esos años y después, cuando terminé el colegio y me fui del pueblo con ganas de ser escritor.
Una de las pocas cosas que me llevé en el bolso de mi primera mudanza fue ese libro: «El examen». Ya estaba ajado y tenía el lomo desteñido. Su azul ya no era azul. Desde los años noventa y hasta ahora escribí como un loco, sin parar, y tuve docenas de mudanzas, incluso una intercontinental. Lo más antiguo que tengo acá, en mi casa de Barcelona, es ese libro. Es un objeto, cierto, y los objetos no me importan porque soy muy despreocupado. Pero por alguna razón elegí salvarlo, siempre, de todos los incendios que me quemaron vivo.