El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Al inicio de este siglo fui padre. En la crianza de mi hija Nina no puse mucha atención y solía decir (frente a ella) puto, trola, negro y otro montón de tópicos porque los creía inofensivos. También debatí sin argumento en sobremesas acaloradas y salieron de mi boca algunas frases infames. «No todos los varones somos así», por ejemplo, o «Estoy en contra de todo tipo de violencia».
Todavía tengo en la cabeza ideas en reparación. Lo descubro cuando personas más jóvenes me alertan: «¿Te parece que dos mochileras que van juntas viajan solas?».
No es fácil soltar los lastres.
Pero también empiezo a percibir yo mismo las alarmas. Ya descubro solito símbolos mal puestos y barbaridades en los medios. Empiezo a sentir el placer de mis propias cáscaras cayendo. Trato todos los días de estar atento a los tópicos. Ya no hago chistes de falso progresismo y me ejercito para dar pelea incluso en lo dialéctico, que es donde más me cuesta.
La lucha del feminismo es, sin dudas, lo más revolucionario que pasó en la Argentina en décadas.