El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida El juego era solamente eso: ver quién inventaba la escena de amor más ridícula, y ver cómo Gastón se hacía el incómodo al verla. Tenían muchas otras escenas, pero «las de amor» eran las más divertidas cuando Gastón tenía doce o trece años.
Con el tiempo Gastón se aburrió, o se quiso hacer el superado, y empezó a mirar las escenas de amor sin poner ninguna cara. Entonces los padres redoblaron la apuesta: se daban besos en la boca con lengua, o el papá le decía a la mamá «ay, qué lindas tetitas que tenés», o ella se hacía la sexy, y Gastón volvía a hacer caras y a decir «puaj» con muchas jotas. Siempre fueron los tres muy graciosos.
Una vez estaban en una pizzería que queda en el centro del pueblo donde vivíamos todos. La mejor pizzería: siempre muy llena de gente en las mesas de la calle. Los padres de Gastón empezaron un escena de besuqueos, pero mi amigo se quedó con cara de piedra, sin mostrar asco ni nada.
El papá ya tenía una idea para cuando pasara eso. Se acercó a su hijo.
«Dame un beso en la boca, Gastón, te amo con mucha locura», le dijo, y la mamá escupió la cocacola por la nariz de la risa que le dio.