El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida En mi barrio de Mercedes (un pueblo a cien kilómetros de la ciudad de Buenos Aires) había un vecino muy viejo y cascarrabias. Era un italiano de ley, fanático hasta los huesos de Boca Juniors. Se llamaba don Américo Bertotti y fue uno de los muchos inmigrantes italianos que llegaron a la Argentina por culpa de la segunda Guerra.
Mil veces nos contó su vida en el viejo continente, porque (como muchos inmigrantes) el buen vino lo tornaba melancólico y el vino malo lo ponía repetitivo. Nos explicó muchas veces que su madre, a la que nunca más volvería a ver, lo metió en un barco y le dijo: «Nunca traiciones tu origen milanés, Américo, y jamás te va a ir mal en la vida». Él tenía catorce años cuando cruzó el Atlántico con esas palabras en el alma. Y no se las olvidó más.
Cuando dos meses después pisó tierra firme, en Buenos Aires era el año 1943 y lo primero que lo sorprendió de aquella ciudad enorme del sur de América fue el silencio. Un silencio demoledor. Era la primera vez en años que no escuchaba el estruendo de las bombas alemanas, ni los gritos de las mujeres, ni el ruido espantoso que hace la barriga cuando la clausura el hambre.