El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida La televisión te engorda cinco kilos, entonces cuando me invitan a la televisión primero bajo cinco kilos. Uso un método que se llama la cura del sirope. Hay que estar diez días sin comer, tomando agua mezclada con sirope y limón. No funciona como dieta sino como limpieza del cuerpo, pero deshincha bastante. A mí no me importa ni limpiarme ni adelgazar. Lo único que me importa es no verme en la televisión con papada. Por eso llegué al canal muerto de hambre.
En el taxi que me llevó desde Luján a la Capital me quedé dormido y soñé con milanesas napolitanas, con sanguchitos de miga y con tartas de queso. Cuando sos gordo y estás diez días sin probar sólidos, podés escuchar a tu propia grasa desintegrarse, porque el cuerpo, alarmado, empieza a comerse a sí mismo. En ese viaje de setenta kilómetros oí con claridad cómo me iba desapareciendo la grasa del cuello: es un sonido inquietante.
Llegué a la televisión muy justo de tiempo y me mandaron a maquillar. En general me da muchísima vergüenza este proceso, pero esta vez lo aproveché para mirarme en el espejo del camarín y comprobar que el esfuerzo del sirope no había sido vano: si estiraba el cogote lo suficiente, como quien huele el perfume de una mujer que ya pasó, el óvalo de mi cara dejaba ver algo de hueso.