Los Nueve Libros de la Historia
Los Nueve Libros de la Historia XIV. Al décimo dÃa después de rendida la plaza de Menfis, ordenó Cambises que Psaménito, rey de Egipto, que sólo seis meses habÃa reinado, en compañÃa de otros egipcios, fuera expuesto en público y sentado en los arrabales de la ciudad, para probar del siguiente modo el ánimo y carácter real de su prisionero. Una hija que Psaménito tenÃa, mandóla luego vestir de esclava enviándola con su cántaro por agua; y en compañÃa de ella, por mayor escarnio, otras doncellas escogidas entre las hijas de los señores principales vestidas con el mismo traje que la hija del rey. Fueron pasando los jóvenes y damas con grandes gritos y lloros por delante de sus padres, quienes no pudieron menos de corresponderlas gritando y llorando también al verlas tan maltratadas, abatidas y vilipendiadas; pero el rey Psaménito, al ver y conocer a la princesa su hija, no hizo más ademán de dolor que bajar sus ojos y clavarlos en tierra. Apenas habÃan pasado las damas con sus cántaros, cuando Cambises tenÃa ya prevenida otra prueba mayor, haciendo que allà mismo, a vista de su infeliz padre, pareciese también el prÃncipe su hijo con otros 2000 egipcios, todos mancebos principales, todos de la misma edad, todos con dogal al cuello y con mordazas en la boca. Iban estas tiernas vÃctimas al suplicio para vengar en ellas la muerte de los que en Menfis habÃan perecido en la nave, de Mitilene, pues tal habÃa sido la sentencia de los jueces regios, que murieran diez de los egipcios principales por cada uno de los que, embarcados en dicha nave, habÃan cruelmente fenecida. Psaménito, mirando los ilustres reos que pasaban, por más que entre ellos divisó al PrÃncipe, su hijo, llevado al cadalso, y a pesar de los sollozos y alaridos que daban los egipcios sentados en torno de él, no hizo más extremo que el que acababa de hacer al ver a su hija. Pasada ya aquella cadena de condenados al suplicio, casualmente uno de los amigos de Psaménito, antes su frecuente convidado, hombre de avanzada edad, despojado al presente de todos sus bienes y reducido al estado de pordiosero, venÃa por entre las tropas pidiendo a todos suplicante una limosna a vista de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los egipcios, partÃcipes de su infamia y exposición en los arrabales. No bien lo ve Psaménito, cuando prorrumpe en gran llanto, y llamando por su propio nombre al amigo mendicante, empieza a desgreñarse dándose con los puños en la frente y en la cabeza. De cuanto hacia el prisionero en cada una de aquellas salidas o espectáculos, las guardias persianas que estaban por allà apostadas iban dando cuentas a Cambises. Admirado éste de lo que se le relataba por medio de un mensajero, manda hacerle una pregunta: —«Cambises, vuestro soberano, dÃcele el enviado, exige de vos, Psaménito, que le digáis la causa por qué al ver a vuestra hija tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemÃs». A esta pregunta que se le hacÃa respondió Psaménito en éstos términos: «Buen hijo de Ciro, tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas bastantes con qué llorarlos; pero la miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mà bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus dÃas y en el linde del sepulcro, pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veÃa». Esta respuesta, llevada por el mensajero, pareció sabia y acertada a Cambises; y al oÃrla, dicen los egipcios que lloró Creso, que habÃa seguido a Cambises en aquella jornada, y lloraron asimismo los persas que se hallaban presentes en la corte de su soberano; y este mismo enternecióse por fin, de modo que dio orden en aquel mismo punto para que sacasen al hijo del rey de la cadena de los condenados a muerte, perdonándole la vida, y desde los arrabales condujesen al padre a su presencia.