Los Nueve Libros de la Historia
Los Nueve Libros de la Historia CLV. La pena que DarÃo tuvo al ver de repente ante sus ojos un persa tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse: salta luego de su trono, y le pregunta gritando quién asà le ha malparado y con qué ocasión. —«Ningún otro, señor, sino vos mismo, le responde Zópiro, pues sólo mi soberano pudo ponerme tal como aquà me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurado asà por mis propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir por más tiempo que los Asirlos burlen y mofen a los persas. —Hombre infeliz, le replica DarÃo, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo y negro con el Color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas ahora que por el honor de la Persia, por amor mÃo, por odio de los sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicerÃa sin remedio? Dime por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que mutilándote no has cometido sino una locura? —Señor, le responde Zópiro, bien visto tenÃa que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca habÃais de permitÃrmelo. Lo hice por mà mismo, y con solo lo hecho tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado. Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasará luego al enemigo; les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho no me engaño, se lo daré a entender asÃ, y llegaré a tener el mando de su guarnición. OÃd vos ahora, señor, lo que podremos hacer después. Al cabo de diez dÃas que yo esté dentro, podréis entresacar mil hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y apostármeles allá delante de la puerta que llaman de SemÃramis. Pasados otra vez siete dÃas, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de la otra puerta que dicen de Nino. Pasados veinte dÃas más, podréis tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta llamada de los Caldeos. Y serÃa del caso que ni los primeros ni los últimos soldados que dije tuvieran otras armas defensivas que sus puñales solos, los que serÃa bueno dejárselos. Veinte dÃas después podréis dar orden general a las tropas para que acometan de todas partes alrededor de los muros, pero a los persas naturales los quisiera fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Asà lo digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los babilonios, viendo tantas proezas hechas antes por mÃ, han de confiármelo todo, aun las llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los persas correrá dar cima a la empresa».