La IlÃada
La IlÃada 317 Respondióle Néstor, caballero gerenio:
318 —¡Atrida! También yo quisiera ser como cuando maté al divino Ereutalión. Pero jamás las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era joven, ya para mà llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré a los que combaten en carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.
326 Asà dijo, y el Atrida pasó adelante con el corazón alegre. Halló al excelente jinete Menesteo, hijo de Péteo, de pie entre los atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca de ellos el ingenioso Ulises, y a poca distancia las huestes de los fuertes cefalenios, los cuales, no habiendo oÃdo el grito de guerra —pues asà las falanges de los troyanos, domadores de caballos, como las de los aqueos, se ponÃan entonces en movimiento—, aguardaban que otra columna aquea cerrara con los troyanos y diera principio la batalla. Al verlos, el rey Agamenón los increpó con estas aladas palabras: