La IlÃada
La IlÃada 149 —¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me hicieron culpables —no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil FtÃa, criadora de hombres, porque muchas umbrÃas montañas y el ruidoso mar nos separan—, sino que te seguimos a ti, grandÃsimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijas en esto la atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botÃn que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos; aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, teniéndola pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a FtÃa, pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquà sin honra para procurarte ganancia y riqueza.
172 Contestó enseguida el rey de hombres, Agamenón: