La IlÃada
La IlÃada 212 Asà dijo. Alegróse Diomedes, valiente en el combate; y, clavando la pica en el almo suelo, respondió con cariñosas palabras al pastor de hombres:
213 —Pues eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo hospedó en su palacio al eximio Belorofonte, le tuvo consigo veinte dÃas y ambos se obsequiaron con magnÃficos presentes de hospitalidad. Eneo dio un vistoso tahalà teñido de púrpura, y Belerofonte una áurea copa de doble asa, que en mi casa quedó cuando me vine. A Tideo no lo recuerdo; dejóme muy niño al salir para Teba, donde pereció el ejército aqueo. Soy, por consiguiente, tu caro huésped en el centro de Argos, y tú lo serás mÃo en la Licia cuando vaya a tu pueblo. En adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba. Muchos troyanos y aliados ilustres me restan, para matar a quien, por la voluntad de un dios, alcance en la carrera; y asimismo te quedan muchos aqueos, para quitar la vida a quien te sea posible. Y ahora troquemos la armadura, a fin de que sepan todos que de ser huéspedes paternos nos gloriamos.
232 Habiendo hablado asÃ, descendieron de los carros y se estrecharon la mano en prueba de amistad. Entonces Zeus Cronida hizo perder la razón a Glauco; pues permutó sus armas por las de Diomedes Tidida, las de oro por las de bronce, las valoradas en cien bueyes por las que en nueve se apreciaban.