La IlÃada
La IlÃada 263 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
264 —No me des vino dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y me prives del valor, y yo me olvide de mi fuerza. No me atrevo a libar el negro vino en honor de Zeus sin lavarme las manos, ni es lÃcito orar al Cronión, el de las sombrÃas nubes, cuando uno está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega a las matronas, llévate perfumes, y, entrando en el templo de Atenea, que impera en las batallas, pon sobre las rodillas de la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota a la diosa sacrificar en su templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya valentÃa causa nuestra derrota. EncamÃnate, pues, al templo de Atenea, que impera en las batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo, si me quiere escuchar. ¡Asà la tierra se lo tragara! Criólo el OlÃmpico como una gran plaga para los troyanos y el magnánimo PrÃamo y sus hijos. Creo que, si le viera descender al Hades, mi alma se olvidarÃa de los enojosos pesares.