La IlÃada
La IlÃada 124 —¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea! ¡Cuánto gemirÃa el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador de los mirmidones, que en su palacio se gozaba con preguntarme por la prosapia y la descendencia de los argivos todos! Si supiera que éstos tiemblan ante Héctor, alzarÃa las manos a los inmortales para que su alma, separándose del cuerpo, bajara a la mansión de Hades. Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, fuese yo tan joven como cuando, encontrándose los pilios con los belicosos arcadios al pie de las murallas de Fea, cerca de la corriente del Járdano, trabaron el combate a orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios aparecÃa en primera lÃnea Ereutalión, varón igual a un dios, que llevaba la armadura del rey AreÃtoo; del divino AreÃtoo, a quien por sobrenombre llamaban el macero asà los hombres como las mujeres de hermosa cintura, porque no peleaba con el arco y la formidable lanza, sino que rompÃa las falanges con la férrea maza. Al rey AreÃtoo matólo Licurgo, no empleando la fuerza, sino la astucia, en un camino estrecho, donde la férrea clava no podÃa librarlo de la muerte: Licurgo se le adelantó, envasóle la lanza en medio del cuerpo, hÃzolo caer de espaldas, y despojóle de la armadura, regalo del broncÃneo Ares, que llevaba en las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha armadura a Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste, con tales armas, desafiaba entonces a los más valientes. Todos estaban amedrentados y temblando, y nadie se atrevÃa a aceptar el reto; pero mi ardido corazón me impulsó a pelear con aquel presuntuoso —era yo el más joven de todos— y combatà con él y Atenea me dio gloria, pues logré matar a aquel hombre gigantesco y fortÃsimo que tendido en el suelo ocupaba un gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas conservaran su robustez. ¡Cuán pronto Héctor, el de tremolante casco, tendrÃa combate! ¡Pero ni los que sois los más valientes de los aqueos todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos a ir al encuentro de Héctor!