La IlÃada
La IlÃada 5 —¡OÃdme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón o hembra, se atreva a transgredir mi mandato; antes bien, asentid todos, a fin de que cuanto antes lleve a cabo lo que pretendo. El dios que intente separarse de los demás y socorrer a los troyanos o a los dánaos, como yo lo vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; o, cogiéndolo, lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del báratro debajo de la tierra —sus puertas son de hierro, y el umbral, de bronce, y su profundidad desde el Hades como del cielo a la tierra—, y conocerá enseguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades. Y, si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asÃos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis; mas, si yo me resolviese a tirar de aquélla, os levantarÃa con la tierra y el mar, atarÃa un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo quedarÃa en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los hombres.
²³ Asà habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues fue mucha la vehemencia con que se expresó. Al fin, Atenea, la diosa de ojos de lechuza, dijo: