La IlÃada
La IlÃada 169 —SÃ, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Tengo hijos excelentes y muchos hombres que podrÃan ir a llamarlos, pero es muy grande el peligro en que se hallan los aqueos: en el filo de una navaja están ahora una muy triste muerte y la salvación de todos. Ve y haz levantar al veloz Ayante y al hijo de Fileo, ya que eres más joven y de mà te compadeces.
177 Asà dijo. Diomedes cubrió sus hombros con una piel talar de corpulento y fogoso león, tomó la lanza, fue a despertar a aquéllos y se los llevó consigo.
180 Cuando llegaron adonde se hallaban los guardias reunidos, no encontraron a sus jefes durmiendo, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los canes que guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte, por entre la selva, una terrible fiera con gran clamoreo de hombres y perros, se ponen inquietos y ya no pueden dormir; asà el dulce sueño huÃa de los párpados de los que hacÃan guardia en tan mala noche, pues miraban siempre hacia la llanura y acechaban si los troyanos iban a atacarlos. El anciano violos, alegróse, y para animarlos profirió estas aladas palabras:
192 —¡Vigilad asÃ, hijos mÃos! No sea que alguno se deje vencer del sueño y demos ocasión para que el enemigo se regocije.