La Ilíada
La Ilíada 17 Pronto Poseidón bajó del escarpado monte con ligera planta; las altas colinas y las selvas temblaban debajo de los pies inmortales, mientras el dios iba andando. Dio tres pasos, y al cuarto arribó al término de su viaje, a Egas; allí, en las profundidades del mar, tenía palacios magníficos, de oro, resplandecientes e indestructibles. Luego que hubo llegado, unció al carro un par de corceles de cascos de bronce y áureas crines que volaban ligeros; y seguidamente envolvió su cuerpo en dorada túnica, tomó el látigo de oro hecho con arte, subió al carro y lo guió por cima de las olas. Debajo saltaban los cetáceos, que salían de sus escondrijos, reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus aguas, y los ágiles caballos con apresurado vuelo y sin dejar que el eje de bronce se mojara conducían a Poseidón hacia las naves de los aqueos.
³² Hay una vasta gruta en lo hondo del profundo mar entre Ténedos y la escabrosa Imbros; y, al llegar a ella, Poseidón, que bate la tierra, detuvo los corceles, desunciólos del carro, dioles a comer un pasto divino, púsoles en los pies trabas de oro indestructibles e indisolubles, para que sin moverse de aquel sitio aguardaran su regreso, y se fue al ejército de los aqueos.