La IlÃada
La IlÃada 330 —¡TerribilÃsimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurrirÃa si alguno de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara a todas las deidades? Yo no volverÃa a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso fuera. Mas, si lo deseas y a tu corazón le es grato, tienes la cámara que tu hijo Hefesto labró, cerrando la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos a acostarnos allÃ, ya que el lecho apeteces.
341 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
342 —¡Hera! No temas que nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada que ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podrÃa atravesar para mirarnos.
346 Dijo, y el hijo de Crono estrechó en sus brazos a la esposa. La divina tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse allà y cubriéronse con una hermosa nube dorada, de la cual caÃan lucientes gotas de rocÃo.
352 Tan tranquilamente dormÃa el padre sobre el alto Gárgaro, vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa. El dulce Sueño corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia al que ciñe y bate la tierra; y, deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras: