La Ilíada
La Ilíada 372 —¡Padre Zeus! Si alguien en Argos, abundante en trigales, quemó en tu obsequio pingües muslos de buey o de oveja, y te pidió que lograra volver a su patria, y tú se lo prometiste asintiendo; acuérdate de ello, oh Olímpico, aparta de nosotros el día funesto, y no permitas que los aqueos sucumban a manos de los troyanos.
377 Así dijo rogando. El próvido Zeus atendió las preces del anciano Nelida, y tronó fuertemente.
379 Los troyanos, al oír el trueno de Zeus, que lleva la égida, arremetieron con más furia a los argivos, y sólo en combatir pensaron. Como las olas del vasto mar salvan el costado de una nave y caen sobre ella, cuando el viento arrecia y las levanta a gran altura, así los troyanos pasaron el muro, e, introduciendo los carros, peleaban junto a las popas con lanzas de doble filo; mientras los aqueos, subidos en las negras naves, se defendían con pértigas largas, fuertes, de punta de bronce, que para los combates navales llevaban en aquéllas.
390 Mientras aqueos y troyanos combatieron cerca del muro, lejos de las veleras naves, Patroclo permaneció en la tienda del bravo Eurípilo, entreteniéndole con la conversación y curándole la grave herida con drogas que mitigaron los acerbos dolores. Mas, al ver que los troyanos asaltaban con ímpetu el muro y se producía clamoreo y fuga entre los dánaos, gimió; y, bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró y dijo: