La IlÃada
La IlÃada 718 —¡Traed fuego, y todos apiñados, trabad la batalla! Zeus nos concede un dÃa que lo compensa todo, pues vamos a tomar las naves que vinieron contra la voluntad de los dioses y nos han ocasionado muchas calamidades por la cobardÃa de los viejos, que no me dejaban pelear cerca de aquéllas y detenÃan al ejército. Mas, si entonces el largovidente Zeus ofuscaba nuestra razón, ahora él mismo nos impele y anima.
726 Asà dijo; y ellos acometieron con mayor Ãmpetu a los argivos. Ayante ya no resistió, porque estaba abrumado por los tiros: temiendo morir, dejó la cubierta, retrocedió hasta un banco de remeros que tenÃa siete pies, púsose a vigilar, y con la pica apartaba del navÃo a cuantos llevaban el voraz fuego, en tanto que exhortaba a los dánaos con espantosos gritos:
733 —¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de Ares! Sed hombres y mostrad vuestro impetuoso valor. ¿Creéis, por ventura, que hay a nuestra espalda otros defensores o un muro más sólido que libre a los hombres de la muerte? Cerca de aquà no existe ciudad alguna defendida con torres, en la que hallemos refugio y cuyo pueblo nos dé auxilio para alcanzar ulterior victoria; sino que nos hallamos en la llanura de los troyanos, de fuertes corazas, a orillas del mar y lejos de la patria tierra. La salvación, por consiguiente, está en los puños; no en ser flojos en la pelea.