La IlÃada
La IlÃada 91 —¡Ay de mÃ! Si abandono estas magnÃficas armas y a Patrocio, que por vengarme yace aquà tendido, temo que se irritará cualquier dánao que lo presencie. Y si por vergüenza peleo con Héctor y Los troyanos, como ellos son muchos y yo estoy solo, quizás me cerquen; pues Héctor, el de tremolaiite casco, trae aquà a todos Los troyanos. Mas ¿por qué el corazón me hace pensar en tales cosas? Cuando, oponiéndose a la divinidad, el hombre lucha con un guerrero protegido por algún dios, pronto le sobreviene grave daño. AsÃ, pues, ninguno de Los dánaos se irritará conmigo porque me vean ceder a Héctor, que combate amparado por Las deidades. Pero, si a mis oÃdos llegara la voz de Ayante, valiente en la pelea, volverÃa aquà con él y sólo pensarÃamos en luchar, aunque fuese contra un dios, para ver si lográbamos arrastrar el cadáver y entregarlo al Pelida Aquiles. SerÃa esto lo mejor para hacer llevaderos los presentes males.