La IlÃada
La IlÃada 475 —¡Alcimedonte! ¿Cuál otro aqueo podrÃa sujetar o aguijar estos caballos inmortales mejor que tú, si no fuera Patroclo, consejero igual a los dioses, mientras estuvo vivo? Pero ya la muerte y la parca lo alcanzaron. Recoge el látigo y las lustrosas riendas, y yo bajaré del carro para combatir.
481 Asà dijo. Alcimedonte, subiendo enseguida al veloz carro, empuñó el látigo y las riendas, y Automedonte saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido Héctor; y al momento dijo a Eneas, que a su lado estaba:
485 —¡Eneas, consejero de los troyanos, de broncÃneas corazas! Advierto que los corceles del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados por aurigas débiles. Y creo que me apoderarÃa de los mismos, si tú quisieras ayudarme; pues, arremetiendo nosotros a los aurigas, éstos no se… atreverán a resistir ni a pelear frente a frente.
491 Asà dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de obedecerle. Ambos pasaron adelante, protegiendo sus hombros con sólidos escudos de pieles secas de buey, cubiertas con gruesa capa de bronce. Siguiéronles Cromio y el deiforme Areto, que tenÃan grandes esperanzas de matar a los aurigas y llevarse los corceles de erguido cuello. ¡Insensatos! No sin derramar sangre habÃan de escapar de Automedonte. Éste, orando al padre Zeus, llenó de fuerza y vigor las negras entrañas; y enseguida dijo a Alcimedonte, su fiel compañero: