La IlÃada
La IlÃada 324 —¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié un dÃa en el palacio para tranquilizar al héroe Menecio, diciendo que a su ilustre hijo le llevarÃa otra vez a Opunte tan pronto como, tomada Ilio, recibiera su parte de botÃn. Zeus no les cumple a los hombres todos sus deseos; y el hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca una misma tierra, aquà en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano caballero Peleo, ni Tetis, mi madre, sino que esta tierra me contendrá en su seno. Ahora, ya que tengo de penetrar en la tierra, oh Patroclo, después que tú, no te haré las honras fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de Héctor, tu magnánimo matador. Degollaré ante la pira, para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto a las corvas naves, te rodearán, llorando noche y dÃa, las troyanas y dardanias de profundo seno que conquistamos con nuestro valor y la ingente lanza, al entrar a saco opulentas ciudades de hombres de voz articulada.