La Ilíada
La Ilíada 315 —En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por traba el luctuoso combate con los troyanos, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, a pesar de no faltarme, por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ftía por no tener a su lado un hijo como yo, mientras peleo con los troyanos en país extranjero a causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo amado que se cría en Esciro, si el deiforme Neoptólemo vive todavía. Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que sólo yo perecería aquí en Troya, lejos de Argos, criador de caballos, y de que tú, volviendo a Ftía, irías en una veloz nave negra a Esciro, recogerías a mi hijo y le mostrarías todos mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y, si le queda un poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre recibir la triste noticia de mi muerte.
338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se acordaba de aquéllos a quienes había dejado en su respectivo palacio. El Cronión, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante dirigió a Atenea estas aladas palabras: