La IlÃada
La IlÃada 400 —¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo a la muchedumbre de los dánaos al que hoy os guÃa cuando nos hayamos saciado de combatir, y no le dejéis muerto allá como a Patroclo.
404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza —sus crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al suelo, y, habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los nÃveos brazos, respondió desde debajo del yugo:
408 —Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el dÃa de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y la Parca cruel. No fue por nuestra lentitud ni por nuestra pereza que los troyanos quitaron la armadura de los hombros de Patroclo; sino que el más fuerte de los dioses, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor. Nosotros correrÃamos tan veloces como el soplo del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un hombre.
418 Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo: