La IlÃada
La IlÃada 308 —¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese hombre, que pronto tomará la gran ciudad del rey PrÃamo, pues los troyanos no le resistirán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio: aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita a todos los arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y piedras, para que anonademos a ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en hazañas propias de los dioses. Creo que no le valdrán ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus magnÃficas armas, que han de quedar en el fondo de este lago cubiertas de cieno. A él lo envolveré en abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera sus huesos podrán ser recogidos por los aqueos: tanto limo amontonaré encima. Y tendrá su túmulo aquà mismo, y no necesitará que los aqueos se lo erijan cuando le hagan las exequias.
324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y mugiendo con la espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas del rÃo, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenÃan levantadas y arrastraban al Pelida. Pero Hera, temiendo que el gran rÃo derribara a Aquiles, gritó, y dijo enseguida a Hefesto, su hijo amado: