La Ilíada
La Ilíada 571 Esto, pues, se decía; y, encogiéndose, aguardó a Aquiles, porque su corazón esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la pantera, cuando oye el ladrido de los perros, sale de la poblada selva y va al encuentro del cazador, sin que arrebaten su ánimo ni el miedo ni el espanto, y si aquél se le adelanta y la hiere desde cerca o desde lejos, no deja de luchar, aunque esté atravesada por la jabalina, hasta venir con él a las manos o sucumbir, de la misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro Anténor, no quería huir antes de entrar en combate con Aquiles. Y, cubriéndose con el liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía con fuertes voces:
583 —Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido Aquiles, de tomar en el día de hoy la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato! Buen número de males habrán de padecerse todavía por causa de ella. Estamos dentro muchos y fuertes varones que, peleando por nuestros padres, esposas e hijos, salvaremos a Ilio; y tú recibirás aquí mismo la muerte, a pesar de ser un terrible y audaz guerrero.