La IlÃada
La IlÃada 229 —¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad de PrÃamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.
232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
233 —¡DeÃfobo! Siempre has sido para mà el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de PrÃamo, pero desde ahora hago cuenta de tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido dentro.
238 Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
239 —¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos —¡de tal modo tiemblan todos!—, pero mi ánimo se sentÃa atormentado por grave pesar. Ahora peleemos con brÃo y sin dar reposo a la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos a las cóncavas naves, o sucumbe vencido por tu lanza.
246 Asà diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente, dijo el primero el gran Héctor, el de tremolante casco: