La IlÃada
La IlÃada 331 —¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creÃste salvado y no me temiste a mà porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.
336 Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco:
337 —Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega a los mÃos el cadáver para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen al fuego.
344 Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros: