La IlÃada
La IlÃada 539 Asà habló y todos aplaudieron lo que proponÃa. Y le hubiese entregado la yegua —pues los aqueos lo aprobaban—, si AntÃloco, hijo del magnánimo Néstor, no se hubiera levantado para decir con razón al Pelida Aquiles:
544 —¡Oh Aquiles! Mucho me irritaré contigo si llevas a cabo lo que dices. Vas a quitarme el premio, atendiendo a que recibieron daño su carro y los veloces corceles y él es esforzado, pero tenÃa que rogar a los inmortales y no habrÃa llegado el último de todos. Si le compadeces y es grato a tu corazón, como hay en tu tienda abundante oro y posees bronce, rebaños, esclavas y solÃpedos caballos, entrégale, tomándolo de estas cosas, un premio aún mejor que éste, para que los aqueos te alaben. Pero la yegua no la daré, y pruebe de quitármela quien desee llegar a las manos conmigo.
555 Asà habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de los pies ligeros, holgándose de que AntÃloco se expresara en tales términos, porque era amigo suyo; y en respuesta, dÃjole estas aladas palabras:
558 —¡AntÃloco! Me ordenas que dé a Eumelo otro premio, sacándolo de mi tienda, y asà lo haré. Voy a entregarle la coraza de bronce que quité a Asteropeo, la cual tiene en sus orillas una franja de luciente estaño, y constituirá para él un presente de valor.