La IlÃada
La IlÃada 587 —Perdóname, oh rey Menelao, pues soy más joven y tú eres mayor y más valiente. No te son desconocidas las faltas que comete un mozo, porque su pensamiento es rápido y su juicio escaso. ApacÃgüese, pues, tu corazón: yo mismo te cedo la yegua que he recibido; y, si de cuanto tengo me pidieras algo de más valor que este premio, preferirÃa dártelo enseguida, oh alumno de Zeus, a perder para siempre tu afecto y ser culpable delante de los dioses.
596 Asà habló el hijo del magnánimo Néstor, y, conduciendo la yegua adonde estaba el Atrida, se la puso en la mano. A éste se le alegró el alma: como el rocÃo cae en torno de las espigas cuando las mieses crecen y los campos se erizan, del mismo modo, oh Menelao, tu espÃritu se bañó en gozo. Y, respondiéndole, pronunció estas aladas palabras:
602 —¡AntÃloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien ceda; porque hasta aquà no has sido imprudente ni ligero y ahora la juventud venció a la razón. Abstente en lo sucesivo de querer engañar a los que te son superiores. Ningún otro aqueo me ablandarÃa tan pronto, pero has padecido y trabajado mucho por mi causa, y tu padre y tu hermano también; accederé, pues, a tus súplicas y te daré la yegua, que es mÃa, para que éstos sepan que mi corazón no fue nunca ni soberbio ni cruel.