La Ilíada

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322 El anciano subió presuroso al carro y lo guió a la calle, pasando por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Iban delante las mulas que tiraban del carro de cuatro ruedas, y eran gobernadas por el prudente Ideo; seguían los caballos que el viejo aguijaba con el látigo para que atravesaran prestamente la ciudad; y todos los amigos acompañaban al rey, derramando abundantes lágrimas, como si a la muerte caminara. Cuando hubieron bajado de la ciudad al campo, hijos y yernos regresaron a Ilio. Mas, al atravesar Príamo y el heraldo la llanura, no dejó de advertirlo el largovidente Zeus, que vio al anciano y se compadeció de él. Y, llamando enseguida a su hijo Hermes, le habló diciendo:

334 —¡Hermes! Puesto que te es grato acompañar a los hombres y oyes las súplicas del que quieres, anda, ve y conduce a Príamo a las cóncavas naves aqueas, de suerte que ningún dánao le vea ni le descubra hasta que haya llegado a la tienda del Pelida.







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