La IlÃada
La IlÃada 410 Contestóle el mensajero Argicida:
411 —¡Oh anciano! Ni los perros ni las aves lo han devorado, y todavÃa yace junto a la nave de Aquiles, dentro de la tienda. Doce dÃas lleva de estar tendido, y ni el cuerpo se pudre, ni lo comen los gusanos que devoran a los hombres muertos en la guerra. Cuando apunta la divinal aurora, Aquiles lo arrastra sin piedad alrededor del túmulo de su compañero querido; pero ni aun asà lo desfigura, y tú mismo, si a él te acercaras, lo admirarÃas de ver cuán fresco está: la sangre le ha sido lavada, no presenta mancha alguna, y cuantas heridas recibió —pues fueron muchos los que le envasaron el bronce— todas se han cerrado. De tal modo los bienaventurados dioses cuidan de tu buen hijo, aun después de muerto, porque era muy caro a su corazón.
424 Asà habló. Alegróse el anciano, y respondió diciendo:
425 —¡Oh hijo! Bueno es ofrecer a los inmortales los debidos dones. Jamás mi hijo, si no ha sido un sueño que haya existido, olvidó en el palacio a los dioses que moran en el Olimpo, y por esto se acordaron de él en el fatal trance de la muerte. Mas, ea, recibe de mis manos esta linda copa, para que la guardes, y guÃame con el favor de los dioses hasta que llegue a la tienda del Pelida.
432 DÃjole a su vez el mensajero Argicida: