La IlÃada
La IlÃada 683 —¡Oh anciano! No te inquieta el peligro cuando duermes asÃ, en medio de los enemigos, después que Aquiles te ha respetado. Acabas de rescatar a tu hijo, dando muchos presentes; pero los otros hijos que allá se quedaron tendrÃan que dar tres veces más para redimirte vivo, si llegaran a descubrirte Agamenón Atrida y los aqueos todos.
689 Asà dijo. El anciano sintió temor y despertó al heraldo. Hermes unció caballos y mulas, y acto continuo los guió por entre el ejército sin que nadie lo advirtiera.
692 Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, rÃo de hermosa corriente que el inmortal Zeus habÃa engendrado, Hermes se fue al vasto Olimpo. La Aurora de azafranado velo se esparcÃa por toda la tierra, cuando ellos, gimiendo y lamentándose, guiaban los corceles hacia la ciudad, y les seguÃan las mulas con el cadáver. Ningún hombre ni mujer de hermosa cintura los vio llegar antes que Casandra, semejante a la áurea Afrodita; pues, subiendo a Pérgamo, distinguió el carro y en él a su padre y al heraldo, pregonero de la ciudad, y vio detrás a Héctor, tendido en un lecho que las mulas conducÃan. Enseguida prorrumpió en sollozos y fue clamando por toda la ciudad: