La Ilíada
La Ilíada 292 Dijo, cortóles el cuello a los corderos y los puso palpitantes, pero sin vida, en el suelo; el cruel bronce les había quitado el vigor. Llenaron las copas sacando vino de la crátera, y derramándolo oraban a los sempiternos dioses. Y algunos de los aqueos y de los troyanos exclamaron:
298 —¡Zeus gloriosísimo, máximo! ¡Dioses inmortales! Los primeros que obren contra lo jurado, vean derramárseles a tierra, como este vino, sus sesos y los de sus hijos, y sus esposas caigan en poder de extraños.
302 De esta manera hablaban, pero el Cronión no ratificó el voto. Y Príamo Dardánida les dijo:
304 —¡Oídme, troyanos y aqueos, de hermosas grebas! Yo regresaré a la ventosa Ilio, pues no podría ver con estos ojos a mi hijo combatiendo con Menelao, caro a Ares. Zeus y los demás dioses inmortales saben para cuál de ellos tiene el destino preparada la muerte.
310 Dijo, y el varón igual a un dios colocó los corderos en el carro, subió él mismo y tomó las riendas; a su lado, en el magnífico carro, se puso Anténor. Y al instante volvieron a Ilio.