La IlÃada
La IlÃada 390 —Ven acá. Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Hállase, esplendente por su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la cámara nupcial. No dirÃas que viene de combatir, sino que va al baile o que reposa de reciente danza.
395 Asà dijo. Helena sintió que en el pecho le palpitaba el corazón; pero, al ver el hermosÃsimo cuello, los lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombró y le dijo:
399 —¡Cruel! ¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás acaso más allá, a cualquier populosa ciudad de la Frigia o de la Meonia amena donde algún hombre dotado de palabra te sea querido? ¿Vienes con engaños porque Menelao ha vencido al divino Alejandro, y quieres que yo, la odiosa, vuelva a su casa? Ve, siéntate al lado de Paris, deja el camino de las diosas, no te conduzcan tus pies al Olimpo; y llora, y vela por él, hasta que te haga su esposa o su esclava. No iré allá, ¡vergonzoso fuera!, a compartir su lecho; todas las troyanas me lo vituperarÃan, y ya son muchos los pesares que conturban mi corazón.
413 La divina Afrodita le respondió airada:
414 —¡No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome, te desampare; te aborrezca de modo tan extraordinario como hasta aquà te amé; ponga funestos odios entre troyanos y dánaos, y tú perezcas de mala muerte.