La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida Cuando Atenea desapareció hacia el mar, dejándolo frente a las puertas, Odiseo se detuvo, con el corazón latiéndole desbocado. La mansión de Alcínoo no parecía obra de mortales. Las paredes eran de bronce macizo y brillaban bajo el sol, rematadas por una cornisa de lapislázuli azul profundo. Las puertas de oro sólido se alzaban sobre un umbral de bronce, flanqueadas por jambas de plata. A cada lado de la entrada, como guardianes eternos, vigilaban perros de oro y plata forjados por el mismísimo Hefesto, inmortales e inmunes a la vejez. En el interior, cincuenta doncellas molían grano y tejían telas que relucían como si destilaran aceite, moviendo las manos con la gracia de las hojas de un álamo mecidas por el viento. En el exterior, un huerto desafiaba las leyes del tiempo: perales, granados, manzanos e higueras daban frutos ininterrumpidamente, madurando bajo el soplo constante del viento Céfiro, ajenos al invierno.