La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida Al escuchar los detalles de las prendas que ella misma había empacado dos décadas atrás, Penélope rompió a llorar. Las lágrimas corrían por su rostro, derritiendo su resistencia como la nieve bajo el sol de primavera. Odiseo sintió que el corazón se le partía, pero mantuvo los ojos duros e inexpresivos como el cuerno o el hierro, conteniendo sus propias lágrimas por pura fuerza de voluntad. Para consolarla, le aseguró que Odiseo estaba vivo, en la vecina Tesprotia, reuniendo inmensas riquezas, y que regresaría antes de que terminara el mes lunar.
Agradecida por la esperanza, Penélope ordenó a su nodriza más anciana y leal, Euriclea, que lavara los pies del forastero. Odiseo se tensó y se apartó ligeramente hacia las sombras. Sabía que había un detalle que ninguna mentira podía ocultar. Mientras la anciana vertía agua caliente en una jofaina de bronce y comenzaba a lavar sus pies curtidos, sus manos arrugadas recorrieron la pierna del héroe y se detuvieron en seco. Sus dedos habían encontrado una extensa cicatriz blanca por encima de la rodilla, el rastro de la embestida de un jabalí salvaje que Odiseo había cazado en el monte Parnaso durante su juventud.